Cantar a las lenguas en los ojos



Se está desplegando en las letras argentinas una cofradía de escrituras secretas que conforman una no-vanguardia atenta, en pose de combate contra una forma de la literatura que viene carcomiendo los modos de leer. Se conforma en talleres ocultos, exhumaciones de genios malditos, lecturas serias de obras ciertamente pasadas por alto y otras escrituras. Esta última es la más importante de todas. Si las vanguardias han discutido sobre un mercado de la literatura, sobre los modos de escribir y hacer, la no-vanguardia se enrosca en roer el hueso mismo de la escritura, aquel lugar inhóspito al que poco acceso tenemos. Intentar mesurar la niebla siempre ha sido un esfuerzo en vano. Quizá nos quede recorrer los límites de esta. Las últimas obras de Ariel Luppino se encargan de seguir explorando ese terreno.

¡Paraguayo! es, ante todo, una desarticulación de la lengua. En esta novela, la gauchesca, lengua del Ser nacional, tan bastardeada en estos tiempos, se retoma en el crisol de una escritura. Ese western delirante, extrañísimo objeto literario pero a su vez necesario, se conforma como otro paraje importante en la gran llanura de los chistes. Del Cachafaz de Copi a La piel de caballo de Zelarayán, de la obra de los hermanos Lamborghini a La fiesta del monstruo. Ante el advenimiento de una novela de género de terror que se presenta como una traducción pobre de cierto southern gothic norteamericano con el agregado de tópicos locales (veamos qué editoriales avalan esa pobreza), Luppino construye su Blood Meridian criollo. El artífice de ¡Paraguayo! está en un primer texto, sobre el género: la gauchesca es sido nuestro terror nacional y al que nos estaremos enfrentando siempre. Por otro lado, la segunda lectura, la que realmente obra y da sentido al libro, es sobre la misma escritura. Los procesos formales por con los que concibió su obra el francés Raymond Roussel (otro que parece que nunca leemos, sino que nos lee a nosotros hace más de un siglo) y que explicitó en una obra póstuma, Cómo escribí algunos de mis libros, sirven para jugar a crear otra más de las reescrituras de El matadero y detenerse sobre el Ser nacional, que es nuestra lengua, sobre un inmenso terreno de chistes chabacanos, guarangos, de mal gusto. "Lo lemanischeano es una fuerza que atraviesa la literatura argentina." como dice Golosina Caníbal. Los lemanischeano se viene gestando en la obra de Luppino desde Las brigadas y se cristaliza en ¡Paraguayo!. Después de una novela donde se enfrenta el hombre a la lengua que lo conforma, ¿qué sigue?

Serbia o no serbia es una continuación lógica de esa escritura. Ya el título da un indicio del primer chiste. Ya la primera página nos da una imagen clara de Luppino escribiendo en sus libretitas, con una media sonrisa malvada en su cara. Entiende, como han hecho otros antes pero quizá nadie se animó a decir tan explícitamente: la lengua que nos conforma es ininteligible para nosotros, sus hablantes, y es necesario que alguien venga del afuera nos lo haga saber. El caso fue Gombrowicz, que nos desnudó y seguimos destapados. Anterior, quizá Lehmann-Nitsche. Ahora, Luppino se encarga de seguir el diálogo con los muertos que le dictan la escritura.

Hace poco leí Gongue, una pequeña novela de Marcelo Cohen y me pregunté el porqué de esa lengua tan extraña, concebida con los resabios de otro montón de idiomas. Pensaba en cierta relación que tienen algunos escritores-traductores con su lengua, viendo todas las fisuras de estas y de las otras que maneja. Ahí es donde podrían meter el dedo en la llaga y explicitarlo. Arno Schmidt fue artífice de esto en el alemán, Joyce en el inglés y en algún sentido, Gombrowicz con nuestro español rioplatense. La traducción del Ferdydurke no solo fue una tarea de conversión de una lengua a otra, sino que (como toda traducción) fue el construir una obra nueva. Luppino entiende esto perfectamente así que oficia de traductor en diálogo con los fantasmas. La voz que le dicta sus novelas será, entonces, un coro de muertos encarnando una sola voz, guiando la pluma.

"Pero lo más horrible puede ser hermoso si uno repara sólo en los detalles" dice el narrador de Serbia o no serbia. La belleza de esa lengua podrida, rota, está entra sus fisuras, en lo inentendible que es y en lo que damos por sentado.

"La lengua asomaba la punta rosada entre los labios ligeramente separados." implica que nos es invisible todo el cuerpo de esa lengua. Luppino abre esos labios con las manos, agarra esa culebra y nos muestra todos los quiebres de su piel que se funden hasta el interior de la misma.

La última de las obras que se presentan en serie (obviando El decapitado, libro del que Agustín Conde de Boeck ya se encargó in extenso y prefiero remitir a cualquier lector a ese comentario) se llama Tratado de insectología. Una edición artesanal de la pequeña editorial FA Editora contiene el texto en una disposición extraña que remite a las obras del norteamericano Mark Z. Danielewski y su delirante House of Leaves. Esta obra, extrañísima en su forma, implica un lector que jamás se puede dar ausente. Es otra la lectura que propone, una inmersiva desde lo físico, lo material. Luppino toma esto para Las nuevas escrituras. "Nunca hay que dejar al lector afuera", un tipo de máxima que también comparte con Laiseca. El libro es deliberadamente incómodo de leer al sostenerlo, porque implica también leer de otra manera. Las nuevas escrituras son, a su vez, Las nuevas lecturas y Los nuevos lectores que se forman a partir de inversiones, de torceduras y fantasmas.

Y quizás deberíamos volvernos los niños-mono de los que hablaba Libertella para retraernos a esa primera lectura infantil, impresionista para, como dijo Lobinowicz “Quizás todos deberíamos seguir sus pasos y decapitarnos”. Ahí quizás empecemos a leer Las otras escrituras.

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