Sobre "Huyamos de aquí" de Elías El Hage

«Del mismo modo en que la vida de los individuos se extingue, prefiero que las ciudades no aspiren a convertirse en museos, que dejen para la memoria lo que es de la memoria.»

Edgardo Cozarinsky

 Extraño categoría la de biografía literaria en el canon nacional. Se podría decir que el equilibrio justo debe ser la lectura crítica del autor sin caer en el biografismo pueril (aquello de lo que habla Proust en "Contra Sainte-Beuve). O peor, el burdo anecdotario que oscila entre lo cómico y lo dramático para representar todos los matices de una vida. Por eso quizá es tan acertada la palabra "retrato" en el subtítulo, en esa categoría se pueden dar muchas más libertades que en la de biografía, que demanda, a mi entender, un trabajo historiográfico con otro tipo de metas. Lo que acá se cuenta es pura y exclusivamente desde la admiración y el afecto. Será, entonces, un libro para los devotos de un escritor extraño que sigue siendo un oculto.

Una porción importante del libro será el retrato de una ciudad que ya no existe, el Tandil de mediados de los años cincuenta a principios de los dos mil. La escritura de El Hage nunca cae en la melancolía que tanto detestaba su amigo, pero si da una impresión del clima que se vivió en los bares y cafés ya demolidos de aquellos años, y de cierta marginalidad artistística e intelectual. Marginalidad, entiéndase, más cercana a la que se puede percibir de un Macedonio Fernández o un Alberto Laiseca, como figuras de grandes maestros iniciáticos para jóvenes brujos. En este caso, fue Gombrowicz para Dipi, y así será él mismo un maestro para otra camada de aprendices en busca de los consejos de un viejo con apariencia de hippie que hablaba incoherencias para el oyente bruto y construía varitas máginas que luego se exhibían en museos o eran regaladas a sus amigos. 

El recorrido que propone El Hage es el del recuerdo: busca la cronología lineal pero se desvía fácil del camino. Como lector uno lo agradece. La memoria y el tiempo quieren dar la falsa forma de una línea recta con un órden establecido, pero se parecen más bien a pequeños destellos que uno debe buscar cómo iluminar. El retrato literario es, pues, la puesta en escena del arte de la memoria (tomando prestado el título de Frances Yates).

En una última nota: siento este libro como una pequeña anomalía dentro del panorama local. A simple vista puede parecer un librito escrito a la memoria de un amigo, lo cual es totalmente válido. Pero creo que su verdadero valor es trascender esa idea y tomar vuelo propio. Más cercano al Lamborghini de Strafacce que a todas las horrendas biografías sobre Borges. Un libro de otra estirpe, de un género poco explorado. El único retrato que tenemos de un escritor inmenso y oculto es el mejor posible. Y más no podríamos pedir.

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