El centro ya no irradia...

 

Para Luppino, il miglior fabbro



Podría decir que el centro absoluto de la obra de Ariel es La risa, un pequeño libro de ensayos de factura artesanal del que Pound se sentiría orgulloso y en unos años va a ser un libro de consulta para los iniciados. Y es el centro porque son sus lecturas, y esta es la obsesión que atraviesa todo lo que escribe.

Un acierto es empezar hablando de Borges para después desplazarlo e ir surcando toda la periferia. Quizá convendría hablar de que no es necesariamente la literatura lo que le interesa, sino el lado B de ésta. Empezar hablando de Borges para olvidarlo rápidamente en las siguientes páginas es el proceso por el cual busca a todos esos individuos que quedaron fuera del canon, los del canon oculto del que habla. Como hacía el propio Borges para negar a Lugones. Si pone a Laiseca y Lamborghini por sobre todo el resto, es para después cartografiar la escritura de Bellatin (esa que ocurre en un lugar oculto y se revela de a pequeños trazos que van formando un cuadro), el misterio de Marcelo Fox y la leyenda del escritor más maldito, anécdotas de Copi que son tanto cuento como reescritura. Secreto a voces para los interesados en ver más allá. Pero también surcan por esas páginas López Brusa, Wilcock, Cromwell Jara y una toma de posición sobre el curso que tomó la literatura en los últimos años, del Mercado (¿para qué seguir hablando del mercado?¿para darle más fama a los ya la tienen?) y sobre los escritores de premios, cito a Bernhard:

"...porque una entrega de premios no es otra cosa que una defecación en la cabeza de uno. Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la cabeza, porque le pagan a uno por ello. He sentido siempre las concesiones de premios como la mayor humillación que cabe imaginar, no como una exaltación. Porque un premio se lo entregan a uno siempre sólo personas incompetentes, que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno si se acepta su premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como para aceptar su premio." (El sobrino de Wittgenstein)

 ¿Para qué? Dejemos de perder el tiempo, que Ariel si habla es de literatura, que al fin y al cabo es lo único que importa (o por lo menos, intentemos de que así sea).

Hagamos una mención: y es que el Centro ya no irradia. Y lo que parece brillar en los mesas de novedades son como la estela de una estrella, luces ya muertas que nos llegan atrasadas, de una literatura que está en constante estado de traducción, pero de traducción de Anagrama y pareciera que la literatura argentina la está escribiendo un editor gallego. Claro, si podemos retraernos hacia algo volvamos a la gran paradoja del siglo pasado: la literatura, la gran literatura, se hizo de apropiaciones. Si Kafka es el mayor escritor de lengua alemana después de Goethe, fue porque se apropió de ésta (y, quizá, Arno Schmidt fue el encargado de delirarla hasta sus últimas consecuencias). Si Joyce es el rey del estilo después de Shakespeare, es porque rechazó el gaélico para detonar la lengua del Imperio desde dentro. Y el español dejó de ser la lengua de Cervantes para ser la Borges, es porque nos hemos apropiado del idioma. Hoy eso queda en manos de los orilleros, esos que escriben la literatura insoslayable, revulsiva y delirada. O mejor: de los que no se preocupan por la literatura. Eso que parece haber sido olvidado por tantos se recupera.

Quizá La risa es Los raros de Darío de nuestro tiempo. Y quizá el tiempo demuestre que Ariel tenía razón. Yo, por mi parte, le deseo un feliz cumpleaños.


(Texto originalmente publicado en mi cuenta de Instagram el 13 de abril del 2021 pero corregido y aumentado)

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