Apuntes para un pozo sin fondo
La novela comienza con una huida. Una patria impura, carcelera, de la que teme el narrador. Entonces monta un caballo y sale en busca de la ciénaga, último destino posible para los que escapan. El italiano Giorgio Manganelli (1922 -1990) compuso esta, su primer obra póstuma, ya con una larga serie de escritos inclasificables. Lo esquivo a las formas tradicionales supo ser un marca no solo de estilo propio, sino también parte del catálogo del que formaba parte. Roberto Calasso supo publicarla en Adelphi con el número 49 de su colección "Fabula". Esta nota, intransigente si se quiere, me sirve para decir que entre Wilcock, Guido Morselli, Thomas Bernhard y Danilo Kiš, se ubicó este pequeño relato de Manganelli.
La ciénaga definitiva es la cartografía de un territorio de ensueño, ubicado entre el plano terrenal para los que no se desapegan de este mundo y el Otro. Toda descripción parece insuficiente para dar cuenta de aquel aciago lugar fantástico, donde los insectos pululan sobre la tierra, apilándose unos encima de otros, imitando a los animales, formando otra vida. Pareciera estar poblado de símbolos obtusos e ilegibles. Es, al modo de Kafka, una alegoría con un significante velado, forma a la que todo análisis resulta insatisfactorio.
"Pero sé que a este lugar no se llega por amor a la geografía, sino por predilección de experiencias que tendría que llamar líquidas, acuosas, mefíticas y vaporosas." Destino ineludible para el huyente, la ciénaga es el único camino a los que lleva la huida. Pero más cercano que al infierno dantesco es al tedioso desierto de Buzzati o al bosque de Catling.
Los inmensos campos Elíseos se volvieron un destino obsoleto cuando los habitaron putas que ellos trajeron. Ahora aquel que huye no es hacia un paraíso sino a una tierra hundida, mohosa y enfermiza. El corcel oficia de Virgilio al que huye a internarse en sus fosas. Pero este no es fiable. Así como tampoco se puede creer en las promesas del viejo que se cruza y habla de una casa deshabitada, premio para el que logre encontrarla. "Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate", rezaría la más obvia de las inscripciones para el que se adentra en la ciénaga. "Pero sé que a este lugar no se llega por amor a la geografía, sino por predilección de experiencias que tendría que llamar líquidas, acuosas, mefíticas y vaporosas"
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